146. Y TODOS LOS DÍAS PARECÍAN FESTIVOS….

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Tan absurdo como increíble era asomarse cada día a la ventana para ver las calles desiertas.

Tocaba quedarse en casa y cada día que pasaba era un día menos.

Así iría pasando el tiempo, para poco a poco ir retomando la normalidad, que no sería lo normal que antes de todo este estado de alarma habíamos vivido.

Empezaríamos a salir en franjas horarias, dependiendo de la edad y aquellos trabajadores que lo hicieran por razones laborales tendrían que portar sus respectivos certificados acreditando dicha circunstancia.

La circulación de las personas tendría que cubrir una serie de medidas, mantener una distancia, usar mascarillas, también guantes en algunos lugares…

Volver a la normalidad no sería normal, sería adaptarse a un mundo diferente que se había llevado consigo una forma de vivir y relacionarse para imponernos otra forma.

Anteriormente a todo esto había existido mucho distanciamiento entre personas por elección personal, por razones laborales, por falta de tiempo y por otras mil razones que siempre justificaban la ausencia pese a la cercanía.

Mientras otras personas aún en la lejanía estaban muchas veces más cerca que aquellas que estaban a nuestro alrededor.

Algunas personas hacíamos uso del abrazo y de formas cariñosas para relacionarnos con amistades, familia e incluso otras personas conocidas.

Hoy es necesario evitar el contacto, mantener la distancia, el uso de mascarillas, etc.

Salir a la calle parece haberse convertido en el viaje a un mundo desconocido, en donde el miedo al contagio y las medidas establecidas, están por encima de la necesidad de contacto que como seres sociales es una importante necesidad fisiológica.

Para mi es un mundo desconocido, absurdo, inseguro y cambiante, donde las personas después de todo esto no serán más humanas o sensibles, sino que sus propias circunstancias serán la mejor justificación de abusos de poder, mala educación y otras muchas faltas de respeto propias de una sociedad desesperada en búsqueda de soluciones.

Podrían ser las últimas palabras que escribo y con ellas conecto enormemente con esa necesidad de llenar una mochila y dejarlo todo atrás, todo.

De volver a empezar, como siempre se empieza en la vida, pues todo es un constante comienzo y cambio en nuestras vidas.

La cuestión más difícil de responder es hacia donde ir, me gustaría poder ir a un lugar desconocido en donde se pueda disfrutar de la compañía de personas de forma cercana, donde el tiempo se pase tras largas horas de conversaciones, en donde el color de los ojos de la otra persona se convierta en nuestra pantalla de televisión o del móvil, donde lo más importante de las personas sea vivir el momento y disfrutar de la compañía, presencia, esencia de esas otras personas.

Seguimos siendo una sociedad de hacer, no una sociedad de ser y eso seguirá marcando los pasos de cada día, donde el juicio y la opinión serán los que nos acompañen, olvidando que detrás de esa palabra, de ese comportamiento, de esa apariencia hay una persona que no sabemos las razones o circunstancias que la conducen a actuar así y sobre todo, que a través de eso no podemos conocer quien es o en quien se llegará a convertir.

Hoy soy los restos de una mujer que como todos se reinventa para aceptar y adaptarse a un llamado mundo cambiante.

En el anterior no era invitada a muchas celebraciones, comidas o salidas, esa es la verdad, aunque siempre se acordaban de mí en los momentos de desesperación, soledad, conflicto y necesidad de escucha, acompañamiento y comprensión.

He estado a punto de renunciar a muchas experiencias importantes de mi vida, incluso a mi enorme deseo de ser madre, precisamente por tanto amor, por tanto amor hacia los demás, casi fui capaz de dejar de convertir en realidades algunos sueños de mi vida.

Hoy digo con mayúsculas las palabras que una vez me dijo Roberto, un amigo que murio de cancer: “No renuncies nunca a aquello que deseas Tere, ni siquiera por un hijo/a”, pues el tiempo no regresa y las personas nunca sabrán con certeza el valor de un hecho que tiempo después ya no podrás cambiar en tu vida.

Sé que no tengo la vida que deseo, no estoy en el lugar que quiero estar, las cosas son un mix de adaptaciones y entre todas ellas existe parte y parte de responsabilidad, algunos “Tengo que” los convierto en “para qué”.

También hago de otros mensajes que recibo marcas, para convertirlos en un pasado y cambiar la visión para un mejor recorrido.

Para algunas personas la proposición a tomar un café como respuesta me dieron “un tal vez…”, otras se apresuraban a buscar fecha, otras… De cada una se obtiene un mensaje y la interpretación que demos a cada uno, no va a estar hablando de esa persona sino de mí.

El perdón y la aceptación han marcada las huellas de mi camino, me han servido para volver si tocaba volver o al menos para no haberme perdido.

He abierto siempre las puertas incluso a quien me las había cerrado en momentos muy extremos de mi vida y aunque luego no recibiría de esas personas lo mismo, la vida me fue premiando con otras muchas que harían por mí algo superior nunca parecido.

Esfuerzo, constancia y entrega, son tres de las bases que me han llevado a ser quien soy, espero en esas mismas bases marcar los cambios para llegar al lugar y la vida que tanto anhelo yo.

Me ha costado dejar de vivir una vida por y para los demás, viviendo a través de todos, con la necesidad imperiosa de una obligación de ayudar, me esfuerzo enormemente por vivir a través de mí y ayudar como elección, recordando que la primera y más merecida ayuda la necesito yo…

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